Juanito tenía un pueblo, bueno no es que fuera suyo, era el pueblo donde nació, el pueblo no era muy grande pero tampoco pequeño, tenía maestro y escuela claro, algo vieja, pero servía, estaba en la Plaza Mayor y compartía edificio con el Ayuntamiento, incluso tenían Cuartel de la Guardia Civil con Cabo al mando.
Los maestros de entonces tenían una norma principal que era «La letra con sangre entra» y la llevaban a la practica con riguroso esmero.
La casa era grande, me refiero a la casa paterna de nuestro héroe, la planta baja la ocupaban enormes cuadras y corrales, vamos lo normal en una casa de labranza, la puerta principal de la casa era de madera noble claveteada por clavos adornados en el centro a la altura de los ojos colgaba una aldaba de cobre en forma de mano y que según la madre de Juanito representaba la mano de Fátima, encima de la puerta una viga de madera llevaba una inscripción «Año 1693».
La segunda planta era la zona noble y donde estaban las habitaciones y lo que a nuestro amigo le quitaba el sueño, en un oscuro pasillo colgaba un cuadro ya oscurecido por el paso de los años y el pringue que le dejaron el humo de los candiles, el caso es que representaba la figura de un caballero antiguo(al muchacho le habían dicho que era un antepasado suyo ) su mirada penetrante y triste al mismo tiempo ,tenía un brazo cortado del que colgaban unas gotas de sangre y al cinto lucía una enorme espada, vestía de negro, todo esto le producía pavor y al cruzar el pasillo lo hacía pegado a la pared opuesta sin conseguir que los ojos del caballero dejaran de mirarle.
La mente calenturienta del niño le jugaba malas pasadas y las noches las pasaba entre horribles pesadillas donde el oscuro Caballero blandía su espadón y de cuajo le cercenaba un brazo, el izquierdo casi siempre, Juanito despertaba sudoroso y automáticamente se llevaba la mano a su brazo para comprobar que seguía en su sitio.
Estas pesadillas se repetían con frecuencia hasta que el niño estuvo en edad el segundo grado y se fue a estudiar al colegio interno, las pesadillas desaparecieron allí y al volver al pueblo de vacaciones volvieron sus temores, al llegar a su casa lo primer fue ir a ver el cuadro y para su asombro no estaba y al preguntar por él le dijeron que un marchante de arte que había pasado por el pueblo lo compro a un buen precio.
No dijo nada, pero aquella noche y las venideras durmió plácidamente.
